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viernes, 4 de junio de 2021

Lanzarote - parte 2

Cráter en Timanfaya

La experiencia del Parque Nacional Timanfaya fue mi primer acercamiento concreto a un volcán, y me permitió conectar la belleza del paisaje con la geografía y la historia de la Tierra. Fue también la primera vez que pude constatar cómo la actividad volcánica modifica la superficie del planeta e impacta en la vida de las personas, a veces incluso de manera trágica. Imposible olvidar al guía señalando esa tierra yerma, negra y rugosa, mientras reseñaba los nombres de los pueblos arrasados por la erupción y la cantidad de víctimas y desaparecidos tras la hecatombe. En el mismo orden de cosas, al año siguiente conocí las ruinas de Pompeya, al pie del Vesubio, otra catástrofe natural que borró una ciudad de la historia por más de 1600 años (la erupción ocurrió en el año 79 de nuestra era y las ruinas fueron descubiertas en 1748). Años después, en 2011 volví a contemplar un paisaje semejante pero sin esa connotación trágica en nuestra Payunia, mucho menos intervenida que Timanfaya pero igualmente espectacular. El Payén nunca estuvo poblado ni presenta actividad reciente, es una foto que nos muestra un episodio de la formación de la Cordillera de los Andes, un paisaje que volvería a recorrer con gusto.

 

Terminada la visita al Parque Nacional Timanfaya, seguimos viaje hacia la costa oeste de la isla para darnos un chapuzón en una playa de arena negra (lava volcánica erosionada por la acción de las olas).

Caletón del Golfo

Toda esta parte de la costa está salpicada de playitas, algunas se pueden ver desde la ruta, otras son tan recónditas que invitan al naturismo. Por obvias razones no hay fotos de estas últimas, pero todas están señalizadas y tienen lugar en donde dejar el auto.

Montaña Bermeja

Ya de regreso paramos en un punto panorámico desde donde se divisaban unas cuevas bañadas por el mar llamadas Los Hervideros. En los días de mar embravecido y mucho viento, el agua golpea con tanta fuerza y genera tanta espuma que parece hervir, lo que da origen al nombre.

Los Hervideros

Otro día recorrimos una ruta que bordea el risco en dirección norte, los paisajes iban aumentando su belleza a medida que ganábamos altura.

Punto panorámico, en el valle la urbanización de Tabayesco y en la costa la ciudad de Arrieta

Desde el mismo punto panorámico pero mirando al norte, la urbanización de Haría y al fondo el volcán de La Corona

Alcanzamos el extremo norte de la isla para subir al Mirador del Río, que en rigor de verdad no mira a ningún río sino a la vecina Isla Graciosa (por lo menos yo no divisé ningún río, quizás llamen así a la lengua de mar que separa ambas islas). La altura del mirador permite contemplar toda la isla y además regala unas interesantes vistas del brumoso Atlántico en invierno.

Isla Graciosa viste desde el Mirador del Río

Los riscos del mirador

Como el día seguía nublado y había muchos lugares interesantes por recorrer, nos llegamos a los Jameos del Agua y la vecina Cueva de los Verdes, dos singularidades producto del mismo evento: la erupción del volcán de La Corona.

Entrada a la Cueva de los Verdes

En ciertas ocasiones, la colada de lava producto de una erupción, horada el terreno a su paso creando un cauce o canal por donde va fluyendo el material incandescente. La capa superior de la lava, en contacto con la atmósfera, se va enfriando y forma una “costra” que termina entubando el río candente, el cual sigue moviéndose por el interior. Si la colada se interrumpe, el túnel se va vaciando, creando cuevas (conocidas como tubos volcánicos) que llegan a medir kilómetros. Respecto del término “jameo”, es el nombre que daban los nativos al hueco que queda expuesto cuando se desploma el techo de la cueva.

Ya entramos!!

La Cueva de los Verdes tiene una extensión de más de 6 kilómetros, con una parte bajo el nivel del mar conocida como Túnel de la Atlántida. La visita abarca un tercio de la extensión y se recorren dos galerías, a 25 y 50 metros de profundidad.


El túnel de lava

 

 

 

 

 

 

 

Se cuenta que el nombre de la cueva proviene de una familia de apellido Verdes que la usaba para resguardar su ganado. También se usó como refugio y escondite ante invasiones piratas.

Descenso al nivel inferior

En un ensanchamiento del túnel construyeron un auditorio para 400 personas, con una acústica sorprendente por las características propias de la cueva. El problema es que se usa poco por su difícil acceso. Se toca música clásica, usualmente conciertos de cuerda (imaginen bajar un piano de cola hasta allí).

El auditorio

La Cueva de los Verdes guarda también un secreto que no voy a compartir en este blog, no lo voy a develar porque considero que es parte del atractivo de la visita y no quisiera quitarle a nadie la posibilidad de descubrirlo y experimentarlo tal como se presenta en el lugar.

 

Terminada la excursión, visitamos los Jameos del Agua, una serie de aberturas naturales que constituyen la sección más cercana a la costa del Túnel de la Atlántida. En el interior se formó un lago de agua salada que alberga a un tipo único de cangrejo de apenas un centímetro de tamaño, albino y ciego, que está celosamente protegido por su singularidad. Todo el ámbito fue intervenido por el artista César Manrique, oriundo de la isla.

 





Entrada a los Jameos con el lago de agua salada

 

Cangrejito ciego (Munidopsis polymorpha)

El lugar cuenta con un pequeño anfiteatro, un museo y otras instalaciones, como la “Casa de los Volcanes”, espacio dedicado a la divulgación científica de la vulcanología.

Regresamos al hotel en el atardecer, esa era la última noche en la isla y al bajar a cenar quisimos llevarnos un recuerdo del modestísimo lugar que nos albergó durante nuestra estadía.

Hotel Oasis de Lanzarote, una tapera

 

Mauricio

Lanzarote – parte 1

jueves, 3 de junio de 2021

Lanzarote - parte 1

Llegamos a Lanzarote en 1994 por una interesante promoción de Iberia, que proponía a los que volaban ida y vuelta a Madrid “abrir” el vuelo haciendo un triángulo con las Islas Canarias, dejando el pasaje abierto por, si mal no recuerdo, 30 días. Nosotros elegimos permanecer una semana en Lanzarote y luego seguir viaje a Madrid, pero esa es otra historia.

La isla de Lanzarote es la más boreal de las siete Canarias, está signada por la actividad volcánica, se encuentra bastante cerca de la costa africana pero el calima (el viento del desierto que parece una bruma por las finas partículas de arena que arrastra) apenas la azota. Distinto es el caso de la vecina Fuerteventura, otra de las Canarias, más cercana a la costa que Lanzarote al punto que el calima la llena de arena y la hace parecer una extensión del Sahara en medio del océano.

Nos alojamos en un hotel cinco estrellas de la cadena Oasis (cosas del 1 a 1) con media pensión. Los desayunos eran increíbles y siempre nos llevábamos alguna vianda para el mediodía. Habíamos alquilado auto para toda la estadía y fuimos recorriendo la isla, todos los días nos armábamos un recorrido distinto, la isla tenía muchos atractivos y había para elegir.

Playita frente al hotel

Con el auto en el puerto de Costa Teguise

El resto de ese primer día lo pasamos recorriendo los alrededores y planificando un poco. La isla se veía muy bien mantenida y todo estaba pensado en función el turista, desde la atención hasta las excelentes rutas con impecable cartelería. Comparado con nuestra infraestructura turística de aquellos tiempos, esto era otro mundo.

Vista de la ciudad de Arrecifes en el crepúsculo

Al día siguiente empezamos a recorrer la isla. Lo más llamativo eran los caminos pedestres porque eran negros, de lava volcánica molida, a veces gruesa tipo pedregullo (como la leca colorada en los caminos de los bosques de Palermo) y a veces fina casi como arena. Notablemente, esta “tierra negra” dejaba crecer alguna vegetación, a veces espontánea y a veces impecablemente parquizada.

La costa

Cruzábamos campos y urbanizaciones (los típicos pueblos blancos) en donde reinaba una calma provinciana, casi no se necesitaban mapas y cualquier pregunta siempre era respondida con amabilidad y la mejor disposición por parte de los lugareños.

Y de fondo, el mar

En cierto momento, alejándonos de la costa e internándonos en la isla, más allá de las urbanizaciones y de los campos sembrados, la inconfundible silueta de un volcán dejó espacio para la especulación, porque el Parque Nacional Timanfaya abarcaba una gran parte de la isla y teníamos pensado visitarlo al día siguiente.

Divisamos un volcán

Otra cosa absolutamente novedosa para aquella época (año 1994) era el uso de generadores eólicos para proveer de electricidad “limpia” a la isla, toda una novedad en ese momento porque se trataba de una tecnología de vanguardia.

Entrada al Parque Eólico de Lanzarote

Vista de un grupo de torres con generadores eólicos

Ese día también nos acercamos al Risco de Famara, un imponente muro de piedra que supera los 600 metros y que cae a pique sobre el mar. El risco tiene a sus pies una extensa playa en la que en aquellos tiempos se practicaba nudismo. Las cosas parecen haber cambiado en todo este tiempo, porque en la actualidad la playa de Famara es conocida por la práctica de surf y kitesurf.

Risco de Famara

Bajando a la playa de Famara

Todo lucía casi perfecto, daba gusto recorrer.

Una urbanización impecable

El día 15 de enero nos acercamos al Parque Nacional Timanfaya, un campo de volcanes y lava producto de la actividad volcánica que cubrió una cuarta parte de la isla en el silgo XVIII sepultando varios pueblos y alterando definitivamente su paisaje. Un último episodio en 1824 creó tres nuevos volcanes y no ha habido nuevas erupciones desde entonces. Como pudimos enterarnos después, una estación sismográfica en el propio parque monitorea de manera permanente la situación de la isla.

Entrada al Parque Nacional Timanfaya

En medio de los negros campos de lava emergen los conos volcánicos y en uno de ellos, conocido como “Islote de Hilario”, se construyeron un conjunto de instalaciones que permiten al turista conocer e interactuar con las llamadas “anomalías térmicas” de la isla, que en esta zona se manifiestan de manera significativa. El nombre “Islote de Hilario” se debe a un ermitaño que vivió sobre esa tierra caliente durante muchos años luego de las erupciones, con la única compañía de un dromedario, animal usado en esa época para la agricultura local.

En el Islote de Hilario la instalación más importante es el restaurante “El Diablo”, que cuenta con una barbacoa natural, la cual aprovecha el calor que emana de un pozo de más de un metro de diámetro y bastante profundidad.

La barbacoa natural

El aire que asciende por la cavidad es tan caliente que no permite asomarse más que por unos pocos segundos. Abajo no hay absolutamente nada, es simplemente un pozo que llega hasta el corazón candente de la montaña.

Casi se derrite la cámara por tomar esta foto

Fuera del restaurante, una excavación de unos tres metros de profundidad presenta unas rajaduras en el fondo que permiten apreciar el magma incandescente. La temperatura en las rajaduras supera los 400°C, suficiente para prender fuego espontáneamente a un arbusto seco. La demostración por parte del guía no se hizo esperar.

El guía arrojó un arbusto seco al pozo e inmediatamente se incendió

Se llegan a apreciar las rajaduras

Otro atractivo de las “anomalías térmicas” son los géiseres artificiales, que aprovechan unos tubos de hierro enterrados que se usaron para sondeos y que tienen unos 8 metros de profundidad. El guía vació un balde de agua en uno de los tubos y al cabo de unos pocos segundos emergió un chorro de vapor en forma de géiser. Por supuesto, repitió la experiencia varias veces usando todos los tubos.

El guía con el balde en la mano


Puro vapor

 

 

 

 

 

 

 

 

Luego abordamos el micro para recorrer el parque, el paisaje parecía de otro mundo. Entre referencias y anécdotas conocimos las singularidades del lugar. Destacaba el “Manto de la Virgen”, un cráter con forma de horno relativamente pequeño.

El Manto de la Virgen

Ascendiendo por un camino en la ladera de un volcán, pudimos divisar el estacionamiento en la entrada del parque y una caravana de jinetes en sus dromedarios que se internaba por un senderito.

La caravana

El punto más alto del recorrido se alcanza en la cima de las Montañas del Fuego, y desde allí se pueden apreciar en toda su magnitud los impresionantes cráteres del Timanfaya. En la cima de uno de ellos, el restaurante El Diablo nos da una referencia del tamaño de los mismos.

Los cráteres del Timanfaya

Con este paisaje terminaba la visita pero no la jornada, seguimos en la parte 2.

 

Lanzarote – parte 2

Cuba